Urkupiña, ¿tiempo de discordias o de unidad?

Felipe Hipólito Medina

Urkupiña, ¿tiempo de discordias o de unidad?

Hemos iniciado en Salta un momento único llamado Tiempo del Milagro por los festejos de nuestros patronos tutelares de la ciudad y de la provincia. Pero otro fenómeno irrumpe en la serenidad de una ciudad que pasa de todo para que nada pase, las celebraciones a la Virgen de Urkupiña, cuya fiesta principal es el 15 de agosto. Ya comenzó su novena y se inician los preparativos para las fiestas barriales cuando se regresa de Cochabamba.
Mito, leyenda, milagro o simplemente fe católica conmocionan a Bolivia desde tiempos lejanos, cuando millares de peregrinos llegan -inclusive de países vecinos- para rendir culto a la Virgen de Urkupiña, conocida como La Mamita Milagrosa. Aparecida, según el relato popular, a una niña en Quillacollo, una ciudad de más de cien mil habitantes, y tan solo a 13 km de Cochabamba. Un fenómeno religioso que se repite cada año y ya no solo en Quillacollo, sino también, en toda Bolivia y en el norte argentino, en nuestra Salta, en Tucumán, Santiago del Estero y Jujuy, e incluso en otras latitudes como Estados Unidos, Noruega y España.
Lo interesante de este hecho religioso, más allá del fervor por los milagros y los ritos que allí se practican, es que se convierte en un referente de identidad y unidad del pueblo boliviano, hoy un estado plurinacional en su constitución sociopolítica. Es un momento de encuentro y de paz, de alegría y festejos de las naciones bolivianas con un único referente de unidad, la Virgen de Urkupiña. Varios países de Sudamérica sufrieron en los últimos años un proceso de conflicto de identidad ideológica profundizando la grieta social que se venía gestando desde las políticas liberales de los 90 y el paso brusco por un raro populismo en la última década. Bolivia, Argentina, Venezuela, Paraguay, etc., son países de Sudamérica marcados por el desencuentro y el fraccionamiento social, enfrentados por razones políticas e ideológicas, por diferencias sociales, culturales y económicas. Y necesitan con urgencia referencias concretas de unidad e identidad. Una de ellas es la fe católica y la devoción mariana. Pero una fe católica que se expresa como fraternidad, encuentro y solidaridad. Y aquí la presencia de la Virgen de Urkupiña debería tener un sentido de encuentro, confraternidad y cooperación Vivir la fiesta de Nuestra Señora de Urkupiña, más allá de los excesos debe significar la búsqueda de la unidad y la vivencia de la solidaridad como expresión concreta del amor cristiano. Eso de dar la vida por los hermanos.
Superando con grandes esfuerzos y presión mediática nuestra mentalidad pueblerina, que suele ser discriminadora y estigmatizante, en Salta surgen problemas de convivencia social a la hora de las celebraciones por los ritos que se atribuyen a las fiestas, que incluyen el uso indebido de pirotecnia y el exceso de consumo de alcohol. Tenemos la certeza de que está instalada en el corazón del pueblo y que llegó para quedarse, por ello debemos intentar analizar los problemas y buscar soluciones desde una perspectiva más humana y más cristia na.
Urkupiña tiene muchos elementos positivos para la fe, es la Virgen de la gente, es cercana, no solo pueden "tocarla" o "tomar gracia", convive con la gente en la cotidianeidad de la casa o el trabajo. Ha logrado su presencia, recuperar un espacio o rincón sagrado dentro del hogar o de las oficinas o negocios, la famosa mesa de los santos de las abuelas que fuera reemplazada por el televisor. Un espacio de sacralidad y trascendencia. Y en muchos casos, se ha recuperado el sentido de barrio en un fenómeno urbano en crecimiento que produce soledad y anonimato. Por estas razones, debemos encontrar caminos de diálogo en los centros vecinales, en las parroquias, en la cuadra, en cada lugar donde se la venera para acordar de manera fraterna, pautas de convivencia que sean celebrativas. El Estado debe acompañar pero no puede convertirse en una máquina de prohibir. Hay caminos alternativos para hacer de este momento, un tiempo de paz social. La grieta no se cierra por decreto, se supera como fruto de un diálogo sincero y cordial. Y no es con magia que se logra la unidad y el temple del espíritu, es don y tarea que comienza en los ámbitos más pequeños. Los pobres pueden ser ejemplo de construcción de unidad y armonía en la sociedad.
La Virgen de Urkupiña comenzó en Salta como una devoción extra institucional, sin la tutela de la Iglesia local, hasta que el diácono Justo Siares la instaló en la parroquia Del Pilar y así, vino a responder a una expresión devocional de la inmediatez para pedir alivio en las dolencias físicas o espirituales, carencias materiales o cuestiones laborales. Y llegó al corazón de los salteños. Salta la adoptó como Madre y Ella como hijos. Pero más allá de los reconocimientos oficiales, la Virgen Milagrosa de Urkupiña es patrimonio del pueblo, bolivianos y salteños, pobres y ricos, profesionales, trabajadores, amas de casa, desocupados, enfermos, todos la sienten cercana e intercesora, abogada de la causas difíciles e imposibles, y no podía ser de otra manera, ya que para nosotros los cristianos, María la Madre de Jesús protagonizó el primer milagro de la vida pública del Señor, la conversión del agua en vino, y del bueno en las Bodas de Caná como narra el evangelio de Juan.
Urkupiña existe para retemplar las energías del pueblo boliviano, sosteniendo como emblema de una fe en la justicia, la verdad y las formas superiores del espíritu. Y es una invitación para el pueblo del norte argentino, para nuestra Salta y toda Latinoamérica, a vivir en un clima de encuentro y armonía partiendo de los principios de la fraternidad y la solidaridad, encontrándose todos como hermanos, hijos de Santa María.

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