El Partido Justicialista existe, aunque solo funcione como un complemento del aparato del Gobierno. Tras la pérdida del poder, se resignifica como espacio político.
Se habla de "renovación", aunque muy pocos ciudadanos comunes sepan quiénes son los que lo dirigen. Probablemente, la mayoría de los jujeños ignore que con el triunfo de Gerardo Morales, la ciudadanía demolió al actual presidente del partido, Eduardo Fellner.
La identidad kirchnerista comienza a ser tabú.
Dos pesos pesados aparecen en la primera fila. José Manuel de la Sota, un histórico de cuyo antikirchnerismo no hay dudas, y Sergio Massa, que ocupó cargos relevantes en el universo K, pero que en 2013 sepultó los sueños reeleccionistas de Cristina, además de mandar al purgatorio a la estrella naciente de aquellos días, Martín Insaurralde. El gobernador Juan Manuel Urtubey quiere aprovechar su antikirchnerismo tardío como título para terciar en la pugna partidaria. "Viene una tarea enorme del peronismo", opinó al postularse.
"El pueblo no se equivoca, y si ganaron es que hicieron mejor las cosas. Estamos obligados a levantar la vara", afirmó.
No es el único. El chaqueño Jorge Capitanich, purificado por exitosas elecciones provinciales, alimenta sus pretensiones, aunque está muy fresca su gestión como jefe de Gabinete, que empezó ilusionado con la candidatura presidencial y culminó en la intendencia de Resistencia.
Pero la incógnita la plantea el futuro de Daniel Scioli. Perdió con Macri pero por penales. De todos modos, el último tramo de la campaña lo dejó demasiado pegado al estilo fóbico de los K en una elección en la que la gente busca menos bronca y más calma. Y donde la letra K empieza a eliminarse.

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