Desde el martes pasado, Fernando Gómez pasa la noche en la cancha de fútbol de Santa Ana II hasta cerca de las siete de la mañana. Unos minutos antes de que empiece a clarear, se duerme definitivamente aunque sin abandonar del todo su función. Se aletarga pero en estado de alerta. Recostado en la casa rodante que otro vecino cedió para la causa, interrumpe su descanso cada vez que percibe que un auto pasa a baja velocidad o que personas desconocidas merodean por la zona.
Fernando es parte del colectivo de vecinos de barrio Santa Ana II que se organizaron por iniciativa propia para defender un espacio común de aproximadamente una manzana de perímetro. Se turnan para cuidar el lugar, pues Fernando no puede quedarse todo el día. El clima de causa común y cooperación no demora en hacerse ostensible, bastan unos minutos para notarlo.
Tras un momento breve allí y al observar que Fernando y Francisco Cuéllar -otro vecino- dialogaban con foráneos, uno a uno fueron acercándose los compañeros. Todos coinciden: el martes pasado una mujer, con la que ya han tenido problemas antes, apareció con una niveladora y trabajadores y se puso a labrar la cancha.
La vecina en cuestión, según relataron las familias de la zona, sin orden alguna desembarcó el martes con una máquina para uniformar la topología del terreno y así empezar obras para dividir el terreno en parcelas.

Resistencia

Facundo volvía de trabajar, vio la escena y no titubeó en intervenir. Se acercó con su celular haciendo las veces de filmadora y consultó a los operarios quién los había mandado y con qué permiso estaban llevando adelante esas tareas. "Hablá con la señora", le contestó uno de los cuestionados señalando a la mujer que se encontraba a unos quince metros.
Se le acercó y le preguntó. Ella hablaba por celular y se mostraba indiferente. Facundo insistió y recibió una bofetada. Con el temple de los héroes, se paró frente a la niveladora poniendo su humanidad entre la máquina y la cancha. La mujer, ya sin golpear, claudicó.
Conocedores de las estrategias de la vecina, con quien ya han tenido problemas anteriormente, se organizaron velozmente para impedir que se apropie del lugar.
Turnos para el cuidado, instalación de postes y colocación de un tejido metálico fueron algunas de las medidas.
Contradiciendo al grupo musical Arbolito, que critica en su composiciones la acción de alambrar para el caso rural, el alambrado de los vecinos de Santa Ana II es la viva expresión de una resistencia colectiva ante un avance arbitrario.
Los más entrados en años recuerdan que fueron parte de la cooperativa que dirige la mujer que querría quedarse con la cancha, que funciona como un emprendimiento personal más que como un proyecto de economía social.
A mediados de los ochenta se conformó como una cooperativa de vivienda y consumo, para comprar los terrenos de lo que hoy es el barrio Santa Ana II. Las 25 hectáreas que le pagaron a la familia que era la antigua propietaria fueron divididas en 480 lotes.
De manera poco clara, los relatores de la historia barrial le indican a El Tribuno que tras esa operación tomó intervención el por entonces Instituto Provincial de Desarrollo Urbano y Vivienda, hoy IPV.
En ese momento, rememoran, la cooperativa se quebró. "Años después, con maniobras raras, la señora reactivó la cooperativa y, cual dueña de los terrenos comunes, como la cancha de fútbol, se los vende a gente", narra don Ricardo Fernández.
Afirman que la decisión de alambrar por su cuenta y organizarse para cuidar el lugar responde a la indiferencia policial ante sus intentos de sentar denuncia en el destacamento del barrio Docente-Sur. Para delatar en registros oficiales lo sucedido el martes tuvieron que dirigirse a la fiscalía de Limache.

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