En medio de un creciente clima de violencia, que incluyó el asesinato en un acto de campaña de un dirigente opositor, de múltiples denuncias de fraude y de una intensa "campaña del miedo", lanzada desde el oficialismo para atemorizar a la población ante las consecuencias de una victoria de la oposición, el gobierno venezolano de Nicolás Maduro se apresta a experimentar una derrota en las elecciones legislativas del 6 de diciembre, cuyo previsible resultado abrirá un nuevo escenario, llamado a tener fuertes repercusiones en el mapa regional sudamericano.
El enrarecimiento del clima político se vio potenciado por el escándalo de los "narco-sobrinos", desencadenado a partir de la detención de dos sobrinos políticos de Maduro, quienes fueron apresados en Haití por agentes de la DEA estadounidense y trasladados a Nueva York, donde serán juzgados por tráfico de drogas, en un proceso judicial en que podrían saltar evidencias sobre la complicidad con el narcotráfico de los máximos funcionarios del gobierno de Caracas, lo que podría generar un vuelco dramático en los acontecimientos.
Tal vez para abrir el paraguas, el titular de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, virtual "número dos" del régimen, con mejores vínculos que Maduro con la cúpula del Ejército y muchas veces sindicado como sospechoso de relaciones "non sanctas" con el narcotráfico, se apresuró a denunciar que los dos "narco-sobrinos" habían sido "secuestrados por el Imperio".
La Mesa de Unidad Democrática (MUD), una amplia y heterogénea coalición multipartidaria que nuclea a toda la oposición, ya anticipó su intención de utilizar una eventual mayoría en la futura Asamblea Legislativa para impulsar un "referéndum revocatorio", previsto en la propia "constitución bolivariana", para destituir a Maduro.
Ante esa amenaza destituyente, Maduro no se echó atrás y replicó que "si se diera ese escenario, Venezuela entraría en una de las más turbias y conmovedoras etapas de su historia y nosotros defenderíamos la revolución, no entregaríamos la revolución y la revolución pasaría a una nueva etapa". Para disipar cualquier duda, agregó que, en esa hipótesis, gobernaría "con el pueblo y en unión cívico- militar".
Tras declarar en "estado de emergencia" a la "revolución bolivariana" y convocar a "garantizar la victoria como sea", Maduro se adelantó también a las posibles denuncias de fraude de la oposición: "nosotros sabemos que ellos no van a reconocer las elecciones, que no están haciendo campaña electoral, que están buscando apoyo internacional para hacer daño a Venezuela".
Cabe acotar que, previamente, el gobierno venezolano había rechazado la oferta formulada por la Organización de Estados Americanos (OEA) de enviar una misión para verificar la transparencia de los comicios, aunque admitió una delegación de la Unasur. No hace falta extremar la imaginación para suponer que, ante una derrota en las urnas, Maduro está dispuesto a falsificar los resultados del escrutinio, rechazar las denuncias de fraude, reprimir las previsibles protestas callejeras, desoír la presión internacional y emplear a las Fuerzas Armadas para garantizar el sostenimiento del régimen.
Efecto dominó
Quizás convenga tener en cuenta esta alternativa para comprender las hondas implicancias de las declaraciones de Mauricio Macri quien, en su primer conferencia de prensa como presidente electo de la Argentina, sorprendió al revelar su intención de invocar la "cláusula democrática" del Mercosur para suspender provisoriamente la participación venezolana en los organismos del bloque regional.
Lo cierto es que el régimen "chavista" se ha convertido en una pieza disfuncional para el normal funcionamiento del sistema regional. La reanudación de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, los avances en las negociaciones de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), la paulatina desintegración del "eje bolivariano" (iniciada con la muerte de Hugo Chávez en marzo de 2013) y, aunque en otro registro, el propio triunfo de Macri en las elecciones presidenciales en la Argentina indican que la tendencia hacia la integración económica y la cooperación política predominan hoy sobre las estrategias de confrontación.
Por tal motivo, la actitud a adoptar ante el régimen venezolano será motivo de arduo debate político en los países del Mercosur.
Esta discusión ya comenzó en Uruguay, donde la posición enarbolada en la OEA por Almagro, quien fuera canciller del ex presidente José Mujica, generó una polémica con su antiguo jefe quien, a pesar de diferenciarse nítidamente del "chavismo", nunca quiso soltar amarras con Caracas.
Pero en esta controversia Tabaré Vázquez, actual mandatario y sucesor de Mujica, está más cerca de Almagro que de su predecesor.
El gobierno paraguayo se mantiene en un hermético silencio diplomático, pero en Asunción es un secreto a voces que el presidente Horacio Cartes no vería mal la aplicación de sanciones contra el régimen de Maduro.
Paraguay no olvida un antecedente traumático: en 2013, el Mercosur resolvió admitir en su seno al régimen de Caracas mientras excluía de sus reuniones a los representantes del gobierno encabezado por Federico Franco, por considerar que la destitución parlamentaria del presidente Fernando Lugo, removido por la vía del juicio político, había constituido un golpe de estado que violaba la "cláusula democrática" del bloque regional.
Pero el epicentro de la discusión es, sin duda, Brasil.
El gobierno de Dilma Rousseff, como antes la administración de Lula, fue tradicionalmente partidario de mantener una relación amistosa con Venezuela, a fin de "moderar" sus posturas más confrontativas.
El problema es que esa "paciencia estratégica" choca con la radicalización del enfrentamiento entre el "chavismo" y sus adversarios, en circunstancias en que Rousseff, Lula y el Partido de los Trabajadores están acorralados políticamente por las acusaciones de corrupción y por la ofensiva, también destituyente, de una oposición que en su rico repertorio de vituperios le reprocha su blandura ante Maduro.
Si, como insinúan sus partidarios, Maduro no acepta el resultado electoral del 6 de diciembre, no sería improbable que Venezuela sea excluida del Mercosur.

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Sección Editorial

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Julian Centella
Julian Centella · Hace 12 meses

Estamos en medio de ese cambio, todavía borroso, donde nada es “puro”. Donde el feudalismo no se termina de ir y la modernidad no termina de instalarse. Le falta “masa crítica”. “el Antiguo Régimen es así demasiado arcaico para todo lo que posee de moderno y demasiado moderno para lo que conserva de arcaico”. UN LARGO CAMINO HACIA UNA NUEVA CULTURA QUE HAY QUE EMPRENDER ANTE EL TAN MENTADO "NUEVO ORDEN"


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