La destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil y la eclosión de la crisis institucional de Venezuela han puesto en evidencia el derrumbe de las ilusiones de una región unida en el marco de un modelo bolivariano. Se trata, por cierto, de casos diferentes, ya que mientras Brasil se proyectaba al concluir el segundo mandato de Lula, en 2010, como una de las seis mayores economías del mundo, Venezuela no logró, en 18 años de chavismo, aprovechar los buenos precios del petróleo y vertebrar un sistema productivo que garantizara la provisión de insumos y productos elementales.
Dilma fue destituida en el marco de un proceso formalmente inobjetable, aunque deje muchas dudas sobre la transparencia de las intenciones y la representatividad de los legisladores que lo impulsaron. La razón del juicio político parece encontrarse en el empantanamiento de la economía, que Dilma no logró resolver, pero también, probablemente, en la incertidumbre que generó en el parlamento brasileño la investigación de casos de megacorrupción conocida hoy como "lava jato". Si los jueces avanzan en ese procedimiento, es probable que la crisis institucional del vecino país, lejos de resolverse, se profundice.
En cambio, tras la multitudinaria movilización del jueves, el presidente venezolano Nicolás Maduro surge como un símbolo grotesco y trágico de un modelo decadente, que se resiste a dejar el poder gracias al apoyo que le brinda el jefe militar Diosdado Cabello.
La crisis económica que hoy castiga a Brasil, Venezuela y, también, a la Argentina comenzó a ponerse de manifiesto a partir de 2010, cuando la economía de China dejó de funcionar como locomotora del ingreso de divisas en la región.
Las expectativas generadas por el grupo Brics, integrado por las economías emergentes de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, se diluyeron desde entonces. Al mismo tiempo, se debilitó un Mercosur carcomido por el ideologismo y se esfumaron espejismos como la Unasur y el acuerdo bolivariano ALBA.
Más allá de la retórica tercermundista que impregna los discursos de las dirigencias políticas y gremiales, América Latina está obligada a reconocer que su enorme dependencia económica y tecnológica con respecto a los países desarrollados se debe, básicamente, a la enorme inequidad social y a la escasa competitividad de su producción.
El Brasil de Lula prosperó, entre otras razones, por los buenos precios de los cereales y los hidrocarburos, que incentivaron también a la economía argentina. En ese proceso, logró un fuerte retroceso de la pobreza extrema y la incorporación de millones de personas al consumo. Sin embargo, según estimaciones oficiales, la recesión hizo retroceder a la economía del país a los niveles de 2009.
Venezuela en las últimas décadas incrementó la capacidad de consumo, pero los cambios no fueron sustentables.
La realidad muestra que el desarrollo de los pueblos no depende de ideologías circunstanciales, de experimentos como el neoliberalismo de los años 90 o como el populismo, hoy declinante. Es claro que hay un cambio de rumbo en la región, pero no es atribuible a conspiraciones externas, sino a dificultades que surgen de la incapacidad para crear las condiciones que alienten la inversión y aseguren la generación de energía, el suministro de alimentos, la capacitación laboral de la población y la industrialización. Si quienes lideran a los países en esta etapa no contemplan las dos vulnerabilidades, es decir, la grieta social y la falta de competitividad de la economía, nada va a cambiar para la región. América Latina pasó del golpismo a la aplicación, en democracia, de modelos economicistas sin sensibilidad social y luego a sistemas estatistas que redujeron la inclusión de los sectores de menos recursos a la mera capacidad de consumo.
Las ilusiones se derrumbaron. Argentina vivió la etapa más dinámica y alentadora de su historia cuando comenzó a construir un sistema republicano y democrático con solidez institucional, entre 1853 y 1930. Es historia, pero sirve como punto de referencia para una región que cuenta con recursos que tendrán cada vez más demanda en el mercado mun dial, pero que carece de la independencia que brindan la racionalidad y la ética en la vida económica y política de las naciones.

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