Llegar hasta Písac desde Cusco no es dificultoso y sí divertido, por los paisajes que se abren. Queda a unos 31 kilómetros al norte de la antigua capital inca. Si tenemos camioneta, solo hay que tomar la ruta y en poco más de 40 minutos ya llegamos. Si no, hay muchos medios de transporte y se pueden tomar los buses que parten desde la calle Tullumayu, en el centro cusqueño. Una vez en el pueblo de Písac podemos tomar un taxi para llegar hasta el complejo arqueológico. Para entrar hay que comprar el boleto turístico único, que por unos 150 dólares habilita al visitante a ir a varios centros arqueológicos, aunque a veces el tiempo que propone la entrada nos parezca muy poco... Como si nos estuvieran apurando para terminar el paseo. ¡Cosas de esta América Latina!
Para entrar al pueblo hay que atravesar un puente sobre el río Urubamba. No pudimos dejar de llorar al ver el río sagrado donde abrevaron los primeros hombres de nuestros pueblos andinos: en su caudal traía tales cantidades de basura que las personas del lugar nos recomendaban no meternos por nada del mundo.
Los cerros del entorno están todos "labrados", con gigantescos andenes de cultivo que le dan al lugar una belleza única.
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El complejo arqueológico se sitúa en lo alto de un cerro, desde donde se domina buena parte del Valle Sagrado. Aparte de los andenes , hay estructuras arquitectónicas dispersas en las laderas y en lo alto del cerro. Según el arqueólogo y etnohistoriador John Rowe, Písac habría sido parte de la heredad del inca Pachacútec, quien pudo haber ordenado su edificación. Por su situación y sus características específicas, podemos decir que fue de una importancia desconocida para nosotros.
Apenas llegamos, podemos ver la sofisticación del urbanismo inca. Todas las edificaciones se sitúan dentro de una racionalidad que privilegia la geometría. Así, la ubicación de Písac está perfectamente calculada. Según el investigador Ángeles Vargas, las ruinas de Písac forman, junto con el Cusco y Piquillacta, un triángulo equilátero en el que cada punto dista 33 km de distancia entre sí, y los tres se encuentran ubicados a 3,300 m.s.n.m. Detalles que de no estar avisados, pasarían.
Desde el pueblo de Písac, en el camino que conduce al cerro Ñustáyoc y mirando hacia el sur, se puede ver un gran complejo rocoso que la gente del lugar conoce como la “ñusta encantada”, pues tiene la forma de una mujer que lleva sus bultos en la espalda.
Actualmente se cree que Písac fue una especie de “hacienda real” del inca Pachacútec y, por lo tanto, “pertenecía” a su panaca o grupo de parentesco. Como la mayoría de estas “haciendas”, Písac se compone de núcleos dispersos de andenería, estructuras domésticas y ceremoniales. El nombre proviene, probablemente, del quechua pisaq, “perdiz”, abundante en la zona. Según el arquitecto Angel Silva, la forma del asentamiento recuerda a la del ave.
Apenas se ingresa a las ruinas nos damos con un cementerio inca a la ladera del cerro Linliy. Unicamente separado por el riachuelo Quitamayu, a casi cien metros de altura y con varios kilómetros de extensión. Este cementerio es conocido como Tankanamarka o “lugar de lanzamiento”. Debió haber contenido aproximadamente 10.000 tumbas, todas “huaqueadas”. Písac también es conocida como la “Ciudad de las Torres”, ya que posee más de veinte, construidas en los bordes salientes de la montaña. Son de perfecto acabado, muy similares a las construcciones de Sacsayhuaman. Aún no se sabe cuál fue su función exacta. Al sureste hay edificaciones rectangulares, cuyas paredes están consideradas como las más perfectas del Tahuantinsuyo. Todo es una puesta para admirar la calidad inca para la construcción. Después del esfuerzo de subir, este es el único sentimiento

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Sección Editorial

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Agustín Usandivaras
Agustín Usandivaras · Hace 9 meses

Excelente información la que nos está pasando Daniel Sagárnaga.

Agustín Usandivaras
Agustín Usandivaras · Hace 9 meses

Excelente información la que nos está pasando Daniel Sagárnaga. Felicitaciones


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