La propagación de la droga a todos los niveles sociales y distintas edades genera grandes riquezas para unos pocos y daño irreparable en las personas, en la familia y en la sociedad toda. Muchas madres y padres peregrinan en el país por las oficinas públicas pidiendo ayuda, o por las fundaciones afines, a veces con poca o nada de soluciones o ayuda. Para muchas familias, especialmente las más vulnerables, encontrar personas carismáticas como dirigentes sociales, o sacerdotes, o religiosas, o pastores evangélicos que pongan sus oídos a la escucha les da esperanza, les permite creer en sí mismos, recuperar la conciencia de su propia dignidad y decir, "para alguien somos importantes", "Dios no nos ha abandonado". Así surgieron en nuestra región figuras fuertes como el padre Ernesto Martearena, el padre Chifri, el padre Pepe Di Paola, el padre Pedro Pablo Opeka, el padre Juan Viroche, el mismo obispo de Añatuya, Melitón Chávez, siendo cura en la costanera del Río Salí en Tucumán. Cada uno en su estilo, con mucho o poco apoyo de su propia institución, se preocuparon por poner una oreja en el pueblo y otra en el Evangelio de Cristo, pasar sus escuchas por el tamiz del corazón y ponerse, de una, los problemas de la gente al hombro como carga un pastor a la oveja herida o más débil. Cada noche y cada mañana viene a mi mente la figura del padre Juan Viroche y no puedo alejar esa mirada de dolor e impotencia que se percibe en sus fotografías. Pienso en la impotencia que sentía en una pelea desigual con el mal, con el misterio del mal, encarnado en los mercaderes de la muerte, movidos por la codicia y la avaricia. Un enemigo sin rostro, sin clase social, sin límites ni fronteras, sin corazón, sin piedad, sin compasión, el misterio del mal inmisericorde. Ese es el mal, el que se ríe socarronamente de todos nosotros, el acusador de nuestros hermanos, el que le echa en cara a Dios la flaqueza de su obra, que somos nosotros. Pienso en el pueblo del Delfín Gallo, y en La Florida, en su gente, el lugar donde murió de modo inexplicable aún, pienso en los niños que recibieron su primera comunión de las manos consagradas de Juan durante estos últimos años. Pienso en las familias, en los ancianos, en los jóvenes, en las madres que sufren las adicciones de sus hijos. Y recuerdo los comienzos en 1967, después del nefasto decreto del general Onganía del año 1966, que cerraba once ingenios azucareros en la provincia de Tucumán con una sola firma, generando un caos de desocupación con más de cincuenta mil personas en la calle, algo sin precedentes en la historia de la Patria. Y no puedo borrar la imagen de la gente de Delfín Gallo, de obreros y empleado, hombres rudos, curtidos por el trabajo, llorando por su Ingenio Esperanza, en una procesión religiosa dirigida por el padre Antonio Alderete, en ese momento párroco de la Florida. Un pueblo que ya sufrió un trauma, como casi todo Tucumán, peor que un espantoso terremoto. Un pueblo que no pudo levantar cabeza y fue desdibujando su identidad y pertenencia. Un pueblo que hoy sufre otro trauma, tan grave como aquel de 1966, un ataque certero a su corazón, una herida de muerte a la esperanza con la muerte del cura Juan.
Entonces pienso que es hora de que alguien tome la posta que dejó Juan Viroche, pero no como kamikace, sino como institución. Pienso en una Iglesia preocupada por los pobres, pienso en una Iglesia puesta en salida, en misión para consolar, contener tanto dolor popular, no en la prepotencia y la indiferencia, no el encierro en las sacristías, pienso en un ejército de consagrados y consagradas visitando cada casa del lugar, conteniendo a los jóvenes y niños que caminan hacia la increencia en el sistema, en la sociedad, en las instituciones; pienso en los adultos y ancianos que una vez más fueron heridos en su esperanza.
No es solo un problema de tucumanos, están aquí, entre nosotros, la codicia y la avaricia disfrazadas, imperceptibles, y vienen por nuestro futuro, los niños y los jóvenes.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora