La violencia contra las mujeres no es nueva. Miles, millones de mujeres han sido ultrajadas, violadas y muertas a lo largo de la Historia en todas partes del mundo por su condición de género. Sin embargo hoy nos interpela un recrudecimiento de la violencia en formas cruentas, brutales, que no cesan y nos dejan estremecidos por lo aterrador de sus expresiones en el cuerpo y la vida de nuestras semejantes.
Nuevos femicidios este fin de semana desgarraron a Mendoza. Triple femicidio cometido por un varón de 30 años que terminó con la vida de su pareja, la de su cuñada, su suegra mientras la bebé de menos de un año pelea por su vida. Nuevas marcas lacerantes para nuestra sociedad. Escenas dramáticas que no dejan de interpelar nuestras teorías y prácticas.
El feminicidio es el asesinato sistemático de mujeres en Estados que, de alguna manera, son cómplices, en Estados adulterados que toleran la violencia hacia las mujeres. ¿Cuántas más somos capaces de tolerar como sociedad?
A menudo en diferentes ámbitos se suele escuchar voces preocupadas que preguntan: ¿si aumenta la violencia contra las mujeres es porque incrementa también la violencia en la sociedad en su conjunto?, ¿se trata de una cuestión cultural en nuestra sociedad machista y tradicional?, ¿acaso es la respuesta del mundo masculino/masculinizante ante la independencia y creciente autonomía que vamos conquistando las mujeres?, ¿hay más casos o es que ahora se visibiliza más? Ante la imagen de intemperie de las vidas de familias que quedan despojadas de sus hijas, nietas, hermanas, tías, amigas, sobrinas, madres, se diluyen los interrogantes. Da igual, lo que nos afecta es su continuidad, su persistencia, el constatar que se azota el cuerpo de mujeres y sus niños -como ocurrió recientemente en Mendoza-, la inusitada crueldad de sus expresiones en palabras de la antropóloga Rita Laura Segato.
Violencias contra las mujeres que dejan expuesta la inequidad desparramada por doquier, como afirma la feminista Dora Barrancos. No existe ningún factor que pueda explicar por sí solo las violencias cometidas contra nosotras. Podríamos deshilvanar diferentes miradas, intentos vanos de explicación que se propongan rastrear el origen, sus causales, en el intento de encontrar los por qué al ensañamiento depredador sobre el cuerpo de mujeres, de jóvenes y adolescentes, de mujeres adultas, de niñas.
Sin duda, la problemática es de ejercicio de poder, de puesta en acto de una relación: dominio-dominación, una violación de derechos humanos, un grave problema político y de salud pública. Todavía no dimensionamos socialmente hasta qué punto esta situación afecta el crecimiento y desarrollo económico de un país, cuando la violencia impacta directamente en las posibilidades de inserción laboral, social, educativa y política de miles de mujeres que sufren los efectos físicos y psíquicos de la misma, comprometiendo gravemente su salud, sus trabajos, su creatividad (Velázquez, S. 2004)
Afortunadamente el clima social nos da señales de reacciones (a veces individuales, otras colectivas) de ciudadanos, de los jóvenes, que en situaciones de agresión, abuso o destrato hacia una mujer, no dudaron en levantar la voz en un colectivo, de parar en una esquina, hacer una llamada desde el celular para alertar, pedir la ayuda que haga cesar la situación de violencia. Este cambio progresivo, lento no es poca cosa. Estas pequeñas modificaciones en la mirada social de implicación y co-responsabilidad ante el ejercicio de la fuerza contra una mujer, la sospecha de trata de personas, el conocimiento de una violación o situación de abuso, nos mueven a redoblar esfuerzos, acciones, a organizarnos y seguir en las calles alzando voces, poniendo cuerpos a un problema social alarmante que deseamos eliminar.
No obstante, reconocemos que no alcanza, que no basta para contrarrestar el continuum de violencias que irrumpen cada vez.

Mujeres temibles

Los feminicidios los pensamos, los sentimos como la expresión final irremediable de disímiles intentos previos de aniquilación de las mujeres en diversos sentidos. Mujeres que nos volvimos temibles a los ojos de un sistema mundial patriarcal, capitalista, moderno/colonial, sexista, encarnado en cuerpos de demasiados varones agresores y violentos.
El factor común que subyace a las distintas formas de violencias es el abuso de poder o de autoridad. Y cuando la violencia se vuelve sistemática, arrasa con la subjetividad, deja marcas no solo físicas perdurables, sino marcas psíquicas indelebles. No permitiremos que nos arrase en nuestra capacidad de agencia colectiva, en nuestra fuerza de lucha que se renueva en cada fatídica lamentable nueva muerte o desaparición de una mujer.
Como señala Paula Rodríguez en #Ni una menos (2015 Planeta), necesitamos activismos cada vez más tenaces, creativos, militancias diversas y firmes entramados de voluntades políticas que continúen expandiendo reclamos históricos de las mujeres para hacerlos más audibles y visibles. Porque ­Vivas nos queremos!

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia


Ram Test
Ram Test · Hace 1 mes

La mujeres lo que necesitan es despertar, tomar conciencia, reformularse la preguntas, porque todos los cuestionamientos que hoy hacen no tienen respuesta, es como decir ( y soy enemigo de las analogías) que poco a poco todas las personas usaron lentes con vidrio verde, por lo que pasando el tiempo, todo lo que es de color verde se ve grís, y progresivamente se sustituye la percepción del color, entonces si una persona quiere explicar el color verde no podría sin ponerse estas gafas, se frustraría hasta el cansancio en duras discusiones con todo el mundo. Por lo que hay preguntas en esta inercia de violencia social que nunca tendrán respuestas, y que resultan muy molestas, porque implican la aceptación de cambios que no estamos dispuestos a hacer, ejemplo: ¿Quién cría a un hombre machista? ¿Por qué las mujeres usan tacos? ¿Por qué las mujeres usan escotes y polleras? ¿Por qué los hombres tratan de mostrarse musculosos y competitivos? ¿Por qué las mujeres delinean de negro sus ojos? Y estas preguntas en algún punto para cualquier estudiante de antropología y sociología son retóricas, y en consecuencia ¿a cuantos de nosotros nos enseñan a observarnos? ¿a cuestionar cuantas costumbres tenemos asumidas como incuestionables porque todo el mundo lo hace?


Se está leyendo ahora