Es común comenzar el día leyendo en los diarios casos de mujeres que han sido asesinadas por sus parejas o exparejas.
También es habitual encontrarse con que la víctima había hecho denuncias ante las autoridades y que el asesino tenía una prohibición de aproximarse a la casa de la mujer la cual no había sido respetada, y no es raro leer que el crimen fue cometido en presencia de los hijos de la pareja.
Con justicia nos horrorizamos ante la noticia, pero al otro día leeremos una similar.
Como sentenció Simone de Beauvoir, "lo más escandaloso que tiene el escándalo es que nos acostumbramos".

Violencia humana

La violencia intrafamiliar no es un fenómeno reciente sino que sus antecedentes se remontan hasta lo más antiguo de la humanidad; sin embargo, su visualización y publicidad son más recientes y están relacionados con los importantes avances legales y sociales sobre la igualdad de género y el rol cada vez más activo que tiene la mujer en la sociedad. Igualmente, siempre se conocieron casos de malos tratos hacia la mujer de parte de familiares, pero se los tomaba como asuntos del ámbito privado en los cuales ni la sociedad ni la justicia tenían porqué involucrarse.
La inferioridad femenina y la consecuente subordinación de la mujer respecto al hombre tienen que ver, en su origen, con su debilidad relativa. El varón, el componente físicamente más fuerte de la pareja, se arrogaba derechos de mando y coerción sobre el ser más débil.
Además, la mujer, ocupada naturalmente por el embarazo y la maternidad, dependía materialmente del varón y se veía obligada a obedecerle. La inferioridad de la mujer estaba naturalizada y la organización patriarcal habilitaba la violencia de género como un hecho lógico en las relaciones conyugales. Se puede decir entonces que el sometimiento de la mujer fue la primera forma de explotación existente, y fue común a la gran mayoría de las sociedades de la antigedad.
En algunas sociedades, como Bizancio, la mujer no tenía derecho alguno ni podía recibir herencia; en la India existen testimonios de que a la mujer viuda se la quemaba junto al cadáver de su esposo; la mujer infecunda era repudiada así como la que solo engendraba hijas. En Grecia y Roma también la mujer carecía de derechos y en esta última la mujer podía ser castigada, vendida o muerta por el marido.
La mujer judía vivía en un estado de perpetua minoridad, confinada en su casa, marginada de la vida pública y de la enseñanza de la ley, inclusive podía ser vendida por su padre cuando era menor de doce años. El aporte del cristianismo es significativo, aunque contradictorio porque si bien apunta a la igualdad entre hombre y mujer, San Pablo insiste en el sometimiento de ésta a su marido.
En la tradición islámica, la mujer, a partir del casamiento, pasa a ser propiedad privada del marido.
El Corán no solo permite los castigos corporales sino que los codifica, además de permitir el encierro perpetuo de las infieles en la casa.
Y como el castigo corporal no tiene límites, si una mujer fallecía como resultado de una golpiza correctiva de parte del marido, éste estaba exento de responsabilidad penal.
La Edad Media no trajo novedades fundamentales, el sometimiento de la mujer al marido fue total, y el uxoricidio fue frecuentemente tolerado, aunque, a partir del siglo XIII la Iglesia intentó poner algunos obstáculos, tanto a las guerras sin justa causa como a los maltratos y el sometimiento que sufría la mujer. Es de esta época el auge del culto de la Virgen María, mujer-madre que llega a tener un lugar equivalente al de su hijo en los cultos populares.
Sin embargo, el dominio legal del varón siguió siendo absoluto: los castigos a la mujer, con fines correctivos, estaban permitidos y naturalizados, y existían leyes que autorizaban los golpes siempre que no se llegara al homicidio. A su vez, la brujería fue considerada un oficio de mujeres, como si ellas fueran portadoras del mal y quienes se comunicaban con el diablo, idea que se mantuvo hasta el siglo XVIII.
Recién a fines del siglo XIX aparecen en Estados Unidos las primeras leyes que sancionan el maltrato conyugal, y en Inglaterra se abolió el derecho del marido a castigar a su cónyuge, lo cual, como se trata de acciones que habitualmente ocurren en el ámbito privado, fue (y continúa siendo) muy difícil de comprobar y sancionar.
En nuestros días, en algunos países donde rige la ley islámica o sharia Arabia Saudita, Nigeria, Somalia, Irán, Bangladesh-, está vigente la pena de muerte contra las mujeres si incurren en adulterio o deshonra, mediante la lapidación.

Más allá del Derecho

Pero sabemos que, lamentablemente, aunque la igualdad de derechos es un principio reconocido casi universalmente, la violencia de género continúa gozando de buena salud.
En América es especialmente grave y en países tan desarrollados como los Estados Unidos, la golpiza es la mayor causa de heridas en las mujeres, más frecuentes que los accidentes, asaltos y violaciones conjuntamente.
Los números son alarmantes, aunque no se conocen en su totalidad debido a que todavía muchas mujeres no denuncian los maltratos o bien no son debidamente escuchadas por las autoridades civiles.
Las que disponemos nos muestran que, en la gran mayoría de los casos, el agresor es el marido o la pareja de la atacada.
Lo más alarmante del problema es que, a pesar de que existe una conciencia cada vez mayor en la sociedad sobre su existencia y gravedad, los esfuerzos que últimamente se han hecho por combatirlo no han dado aún los resultados esperados.
Las relaciones sociales de dominación masculina y la cultura machista están aún enquistados en el pensamiento de nuestra sociedad donde priva, en última instancia, la ley del más fuerte. Los recursos humanos y materiales con que cuentan los poderes públicos para proteger a la mujer golpeada son pocos e ineficientes, las leyes no protegen suficientemente al más débil y la educación en la igualdad de género todavía está en pañales.
La violencia de género no puede ser pensada fuera de un análisis de su complejidad y es claro que no será controlada a menos que se apunte a un cambio cultural que abarque a toda la sociedad.
Este cambio debe comenzar en la niñez y ser parte central del currículum escolar, no limitándose a los conceptos sino abarcando todos los modos y normas de convivencia de las instituciones.
Los medios de comunicación tienen una función fundamental, así como debe trabajarse sobre las relaciones en el ámbito laboral.
La violencia de género está íntimamente vinculada con el sometimiento de la mujer, que habitualmente es la víctima, y, como hemos visto, esto es un hábito que viene desde los tiempos más remotos de la humanidad.
Los problemas de largo aliento necesitan tiempo para ser modificados, pero esto no es lo que sobra y lo peor que se puede hacer es no comenzar poniéndolos al tope de la agenda política, social, legal y educativa.

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Sección Editorial

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