Para que no piense el lector que me regodeo en el uso de términos complejos, quiero dejar aclarado que cuando hablamos de demarquía nos referimos -simplemente- a la estococracia. Queda esto tan claro como un morocho, con sobretodo negro, en un túnel, en una noche sin luna ni estrellas ni bichitos de luz.
Puntualicemos, entonces, que demarquía o estococracia hacen referencia a un sistema político de gobierno, en el cual el Estado es gobernado por ciudadanos elegidos aleatoriamente. De tal manera, lo que vengo a proponer, en esta columna, es una reforma radical (sin chiste). Los argentinos, a los que tanto nos gusta la timba, hagamos las elecciones ­por sorteo!, como en la antigua Grecia y como lo han propuesto grandes pensadores al plantear las mejores formas de elegir a los gobernantes. Y lo digo en serio.
Antes de un sesudo análisis (esto es un análisis en el que se suda), paso a explicar el porqué de haber elegido este tema.
Ocurre que tengo una leve pérdida de mi capacidad auditiva y el sábado pasado escuché en la radio que Macri estaba muy feliz porque había salido a "timbear" junto con María Eugenia Vidal.
Cuando finalmente me enteré que habían salido a "timbrear", mi deriva mental me había llevado a elucubrar sobre la reforma de nuestro sistema político.
En estos días se está discutiendo una importante modificación a nuestro sistema electoral, pero que en -el fondo- solo es un maquillaje para el espantoso rostro de Frankestein (acotación: erróneamente damos el nombre de Frankestein, del médico que creó al monstruo, a la criatura que no tiene realmente un nombre específico).
Paralelamente, hace unos días Cristina Elisabet había urgido investigar sobre el origen de aquellos millones de dólares de José López. De la política, la notificó su propio exsecretario de Obras Públicas.
En esas indagatorias en fascículos que se han puesto de moda, dio una clase magistral para que se supiera que entienden por "política" los políticos, cuando confesó que los "benditos" bolsos provenían de "la política". Para Lopecito resulta natural pensar en la política como un manantial que derrama oro líquido y que beneficia a los consagrados que pueden beber de sus aguas.
Está claro que el poder corrompe, lo vemos en personas que cambian rotundamente cuando acceden a un cargo y se perpetúan en él.
Es hora de decir basta. ­Basta de profesionales de la política: necesitamos más amateurs! Sobre todo en los cargos de las legislaturas y los concejos deliberantes ¿piensa el lector que los electos por sorteo resultarían inferiores a los que tenemos? (salvo honrosas excepciones).
Se evitaría, además, este despilfarro de movilizaciones que hacen que ni bien termina una elección ya se está pensando en la próxima. No solo por lo económico, sino porque los gobernantes descuidan sus funciones específicas para pasearse por los canales de televisión o salir a "timbrear".
El sorteo conlleva la imposibilidad de reelecciones indefinidas (salvo que se tenga un huerto -en latín- más grande que el de Kim Kardashian).
A diferencia de lo que podría parecer de entrada, la designación de cargos públicos por selección aleatoria (sorteo) no es ni absurdo ni una práctica desconocida en la historia política de Occidente. Una indagación, tanto en las constituciones de las más significativas ciudades-estado de la Antigedad y de la Edad Media, así como en la filosofía política anterior a la Revolución Francesa, revelará, con facilidad, que el sortear cargos, no solo era conocido, sino que era bastante común, al punto de ser considerado un mecanismo esencial a las formas de gobierno basadas en la libertad.

La democracia

El concepto de democracia ha estado asociado, en diferentes épocas históricas, a dos métodos muy diferentes de selección de cargos públicos y asignación de responsabilidades: las elecciones populares y el sorteo de representantes. En los últimos doscientos años la teoría democrática ha dado por hecho que el único método democrático para escoger cargos públicos es la elección de representantes a través del voto popular.
Sin embargo, desde sus orígenes en Atenas (508 A.C) hasta bien entrado el siglo diecinueve, el concepto de "democracia" solía hacer alusión al uso del sorteo para la selección de cargos públicos.
Explica Etienne Chouard; la elección significa escoger al mejor: gobierno de los mejores es la estricta etimológica de "aristocracia" y la experiencia histórica demuestra que las aristocracias se transforman inexorablemente en "oligarquías" (gobiernos de unos pocos).
La elección conduce progresiva e indefectiblemente a la formación de una corporación de políticos profesionales radicalmente contradictoria con el objetivo central de la igualdad política real.
Montesquieu en su célebre obra "El espíritu de las leyes" (1748) sostenía que "el sufragio por sorteo es de la naturaleza de la democracia, mientras que el sufragio por elección es de la naturaleza de la aristocracia".
En particular, estudiosos como el sociólogo y economista Vilfredo Pareto señalaron que en la época moderna la coerción social y el poder político se ejercen cada vez más a través de la "mediación ideológica", que incluye el control de la educación institucional y el control de las opiniones por parte de los medios de comunicación. Dicho de otra manera: en la experiencia del sistema electivo, los pobres nunca gobernaron y siempre lo hicieron los ricos (particularmente los que se enriquecieron con el poder).
Recordemos que aunque individualmente nos creemos superiores en nuestro criterio de elegir a los "mejores", somos fáciles de engañar: Mirabeau decía que el hombre es como el conejo (se lo atrapa por las orejas) ya que se cree todo lo que le dicen.
Con nuestra propuesta los candidatos no tendrían que salir más a "timbrear", con el riesgo que ello implica. Si Macri no mejora la performance, va a tener que hacer como en nuestros mejores años de infancia: tocar el timbre y salir corriendo.

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