"Los asesinos estaban justo detrás de la puerta, y yo sabía que en cualquier segundo me encontrarían. Me preguntaba cómo se sentiría cuando el machete atravesara mi piel y me cortara los huesos. Junté mis manos, sujeté el rosario de mi padre y empecé a orar en silencio: "Por favor, Dios mío, ayúdame. Tú nos dices en la Biblia que si pedimos, se nos dará... y bien, Señor, te estoy pidiendo que por favor hagas que esos asesinos se vayan". Así, como un animal herido y que teme por su vida, Immaculée Ilibagiza (43) pasó 91 días encerrada en un baño de un metro por un metro veinte, junto con otras siete mujeres tutsis, resguardadas en la casa de un pastor protestante hutu. Afuera, en la aldea Mataba de la provincia ruandesa de Kibuye -y en todo el país en realidad-, arreciaban la violencia y la muerte.
El genocidio de Ruanda (África) se desarrolló durante cinco meses de 1994. Se inició una jornada infausta, el 6 de abril de aquel año, cuando se produjo el atentado que le quitaría la vida al presidente Juvénal Habyarimana, que durante dos décadas había gobernado Ruanda en favor de los hutus, la etnia a la que él pertenecía. Al día siguiente eran asesinados la primera ministra del país, Agathe Uwlingiyimana (también hutu), y diez soldados belgas de las fuerzas de la ONU que la custodiaban. Aunque los autores de estos crímenes no fueron descubiertos, por lo que jamás se supo a qué etnia pertenecían, la reacción hutu no tardó en desatarse. En aquel momento la esperanza de vida no superaba los 44 años, 250.000 personas están contagiadas de VIH y más del 70% de la población vivía por dejado del umbral de la pobreza. En aquel momento casi la totalidad de la población tutsi (15%) pereció en manos de la de origen hutu (85%). Murieron entre 800 mil y 1 millón de personas, en un territorio con menos de 8 millones de habitantes.
Honrosa presencia
En su libro "Sobrevivir para contarlo", Immaculée Ilibagiza explica que en Ruanda los miembros de una familia tienen apellidos distintos porque los progenitores dan a cada hijo un apellido único que refleje los sentimientos de la madre o del padre apenas lo ven a los ojos. En kinyarwanda, la lengua nativa de Ruanda, "Ilibagiza" significa "resplandeciente y hermosa en cuerpo y alma". Es justamente lo primero que aleteó en la memoria de los presentes cuando el miércoles pasado Immaculée hizo su ingreso en un recinto del Centro de Convenciones de Salta para prestarse a una rueda de prensa. Estaba ataviada con un ceñido vestido amarillo fuerte y por todo adorno llevaba en el cuello un rosario. A pesar de que había llegado a nuestra ciudad hacía un par de horas, su rostro no denotaba fatiga. En varios tramos de la charla con los medios y durante la conferencia aludió a un plano abstracto en el que conviven políticos, líderes y funcionarios responsables por el destino de las naciones con ciudadanos comunes, porque cree firmemente en un cambio global que solo se logra a través del acto y la voluntad individual. Esta transmutación a ella la alcanzó en una noche oscura de su alma, cuando habían asesinado a sus padres, a dos de sus hermanos, a muchos familiares, amigos y vecinos. A esta transmutación ella le antepone una acción: el perdón, porque solo con la remisión de la ofensa recibida, dice la ruandesa, se es libre. "Cuando el perdón entró en mi corazón fue un aprendizaje y pensé: "Esperá un minuto, ¿vas a estar enojada con 8 millones de personas? ¿Hasta con los niños que nunca hicieron nada?''. Entonces me di cuenta de que la mayoría de las veces pensamos que si perdonamos estaremos cerrando los ojos al mal o dando permiso a los otros para hacernos mal. Cuando esa lección entró en mi corazón yo pensé que la única cosa que podría hacer para cambiar algo era rezar por esas personas, porque realmente creo en el poder de la oración y en que la oración puede cambiar las cosas", dijo. Cuando ocurrió el genocidio de Ruanda los crueles crímenes fueron seguidos en directo por Occidente a través de la televisión y la revisión histórica de los hechos, desde una perspectiva de los DDHH, no deja bien parados a Estados Unidos, Europa ni a la propia ONU cuya pasividad fue alarmante. Escaseó el liderazgo para la intervención internacional en el conflicto, por ello Immaculée no deja de apuntar: "Cuando somos guiados por el poder, la ganancia y el dinero, nos volvemos ciegos y no percibimos que vamos a lastimar a otros y que un día les pediremos perdón, pero en el momento en que estamos tratando de conquistar ese poder nos sentimos tan fuertes y vencedores... Los líderes tienen que ser inteligentes y ser inteligentes es amar y cuidar de las otras personas. Eso es lo que creo que debe hacer un buen líder". De inmediato evocó un recuerdo doloroso: "Cuando estaba en el baño recordaba que diferentes países tenían embajadas en Ruanda y cuando tuvimos esta experiencia se fueron. Mi sensación era "para qué están acá si no nos pueden ayudar''. Sentía que la gente tenía que estar allí para ayudar, que debían hacer valer las leyes y los DDHH. Cuando hay un ser humano que está necesitando que vayan a ayudarlo, los DDHH deben estar protegidos. Los negocios son importantes, pero las personas vienen primero. Y así acontece desde lo más pequeño, por ejemplo, cuando uno ve una situación de bullying debe proteger al otro, salir en defensa del otro".

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