Luís Alfredo Bautista es uno de los tantos vecinos del asentamiento Virgen de Urkupiña que vive de los despojos que le provee el vertedero San Javier. "La falta de trabajo, de oportunidades y de un techo nos condenó a vivir aquí", expresó.
En su precaria vivienda mostró un par de desgastadas zapatillas de marca colocadas en las endijas de la pared. "Yo jamás tendré una nueva. A estas las recogí del basural, lo mismo que todo lo que tengo puesto", dijo Bautista. El joven contó que el basural les provee todo, incluso el alimento. "Todas las semanas los supermercados arrojan mercadería vencida y nosotros la aprovechamos, pese al riesgo de enfermarnos", relató. Bautista sintetizó la dramática situación de las familias en estos términos: "Vivimos de labasuray comemos basura".
Mónica, una joven de 18 años, fue categórica en sus expresiones al señalar que "somos cirujas porque nos alimentamos y nos vestimos de los despojos del basural". Según la muchacha, un paquete de arroz, fideo o sémola para ellos no tiene fecha de vencimiento. "Con la venta de las chatarras o cartones apenas nos alcanza para comprar una migaja de carne y esa mercadería es de mucha utilidad para alimentarnos".
En el asentamiento de villa 20 de Junio sus vecinos también están preocupados, sobre todos los carreros, quienes ven peligrar su fuente de trabajo por los restricciones que comenzaron a sufrir a partir del caso de Vicente, el caballo que días pasados cayó exhausto cuando tiraba un carro. Ellos están asentados en un predio ubicado junto al arroyo Tinkunaku, donde carecen de luz y agua. "Nos instalamos aquí porque al costado el arroyo hay algo de forraje para los animales. Nosotros no maltratamos a los caballos y para hacerlos trabajar los alimentamos bien", expresaron Osvaldo Manuel Machaca y Ramón Panique.
En el asentamiento 9 de Julio, Jimena Liendro comentó el drama de vivir en un sitio inadecuado. Su casa, como la de una pareja de ancianos, está en la parte baja, por donde antes corría un arroyo. "Cada vez que llueve sufrimos horrores porque el agua llega hasta la mitad de la casa y nos tenemos que guarecer en la vivienda de mi suegra", contó la joven. Dijo que "como no tenemos dónde vivir, no nos queda otra que aguantar, no sé hasta cuando".

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