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Vivir con la doble herencia paterna de ser Fernández y carreros
Son Fernández y son carreros. Son muchos, como los Fernández. Son hombres y mujeres de diferentes edades que conviven en un terreno pequeño, ocupado hace unos ocho años porque en algún lugar tenían que vivir tras la muerte de su padre y algún que otro de los consabidos "problemas de familia" que los obligaron a dejar la zona de Atocha e instalarse en el terreno del barrio 26 de Marzo. Era un terreno con una pieza cuando llegó Irma, la mayor de diez hermanos, con su familia. Lo demás, yuyos y basura, "un aguantadero", como lo calificaban los vecinos de la cuadra.
Poco a poco, los Fernández limpiaron y acondicionaron ese terreno. Se fueron sumando las parejas con sus hijos hasta llegar a las cinco familias que son en la actualidad, 14 adultos y 20 chicos, desde criaturas de pocos meses hasta adolescentes.
Todos viven de la venta de chatarra que juntan con los carros en la ciudad. Hombres o mujeres, lo mismo da, salen por la mañana en busca del material que luego venden para tener, cada día, el dinero que llevan a la casa. Las mujeres también se encargan de la numerosa prole pequeña, en lo que refiere a escuela, deberes, ropa, salud, higiene, atención y afecto.
El frente del terreno donde viven los Fernández es de madera. Se ve como una verja de más de un metro, con listones sostenidos de modo tal que hacen las veces de un paredón. Por los espacios libres que deja ese precario divisorio se ven las modestas cinco construcciones que de ladrillos block que ocupan cada uno de los grupos familiares y dos de madera que armaron los varones más jóvenes, solteros.
Cuando hace 8 años murió Roberto Fernández, el padre de la familia, la primera de los diez hermanos que dejó la zona oeste de la capital salteña fue Delia (32) con su esposo Juan y los hijos mayores (hoy tiene 5, el menor de 3 meses). Con ellos dos adolescentes más.
El "desembarco" de los Fernández en Manantial Sur siguió con Mabel (23) y José, sus dos hijitos y una sobrina que cría la pareja. También, Berta (26) y Vicente, con sus 5 hijos y Elizabeth (20) con Enrique y una beba.
En el lugar viven, además, Marcos y Melisa con 4 hijos y Mario y Liliana con 2 hijos.
Solo dos de los 10 hermanos Fernández no viven allí y de ellos únicamente Miguel no es carrero, trabaja en una finca propiedad de su suegro, en Cerrillos. Irma, la mayor de todos, se quedó en Solís Pizarro, donde vive con su esposo, carrero, y sus 7 hijos.
Alicia García (52) la mamá de los 10 hermanos Fernández también vivió allí. Hace dos años murió como consecuencia de una neumonía.
Cada uno con su cada cual
Fue Mabel la que ayer recibió a El Tribuno y a quien contó pormenores de esta extraordinaria familia de apellido extraordinariamente común que tiene como sello distintivo al oficio de carrero.
La joven relató que cada familia levantó su propia pieza y en ese reducido ámbito come y duerme cada una. Los niños tienen el patio interno para jugar, pero más les tira la calle que es tranquila por el escaso tránsito.
Alguno de sus hermanitos o primos siempre está dispuesto para compartir travesuras o ratos con improvisados juguetes, como también con los perros o los caballos cuando descansan frente a la casa. Ni hablar de lo que atraen los potrillitos a los más chicos; al último que llegó a la gran familia lo apodaron Colita.
La herencia familiar y la costumbre hace que el manejo del carro no distinga sexo ni edad. Madres de familia, adolescentes, padres, cualquiera sale con el carro, relató Mabel, quien señaló que algunas salen a las calles y las otras se quedan para las cosas de la casa y la atención de los chicos y la escuela".
Luego de destacar que juntan "solo chatarra", consignó que "al kilo de la liviana lo pagan 70 pesos y 80 al de la pesada". En suma, a veces la recaudación supera los 100 pesos diarios, otras veces los 200. A veces más, a veces menos, pero siempre "algo hay" para juntar. Y, si la chatarra es esquiva, los hombres se las rebuscan con la albañilería o con alguna otra changa. El único ingreso seguro que recibe cada familia es la asignación universal que paga la Anses.
Las 34 personas que viven en ese sitio viven del metal que los carros tirados por caballos llevan a la casa. Una herencia que a ninguno se le ocurrió rechazar. Ellos cuidan con esmero a los animales. Forman parte de sus vidas, por eso les enorgullece cuando en cada desfile en honor a Gemes, Delia y su esposo Juan lucen sus trajes de gauchos y se encolumnan en el homenaje de cada año al Héroe Gaucho.

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Sección Editorial

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